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Gracias Copenhague por reconciliarme con Madrid

Actualizado: 14 de jun de 2018

Lola M.Morente / Copenhague 13-06-2018

Somos muchos los que nos vamos, por gusto, por necesidad. Somos tantos, que nos acabamos encontrando.


“No cierra la maleta”. Dos abrigos, una veintena de jerséis, calcetines térmicos y gorros de lana. Con una maleta a punto de explotar y doble capa de guantes, así aterrizo en Dinamarca en febrero de este año.


Aterrizo huyendo, huyendo de un futuro que se me plantea incierto, huyendo de la

inseguridad y el miedo que provoca en muchos salir de una carrera universitaria sin ver claro el siguiente paso. Huyendo de España.


Graduada en Periodismo, para trabajar de Au Pair. Copenhague no me lo pone fácil, las

circunstancias se complican y mi familia en España insiste: “niña si te tienes que volver no pasa nada, no lo pases mal”. Pero no, yo he venido dispuesta a quedarme. Y lo consigo. Lo consigo gracias a España, y a la gente maravillosa que tiene repartida por Dinamarca.


En un intento casi desesperado de socializar, me como la vergüenza y escribo en un grupo de Facebook que reúne españoles de Copenhague: “Soy nueva… ¿alguien se toma un café?” podría ser el resumen de mi mensaje. En dos días mi teléfono echa humo, casi una decena de españoles me tienden la mano aceptando ese café. Me paso dos semanas conociendo gente, historias.


Consigo estrechar lazos, y creo mi pequeña zona de confort, mi pequeña España, aquí, en Dinamarca. No es el hecho de cocinar croquetas o tortilla de patata en compañía, que también, si no la maravillosa cualidad que tiene el español de querer escuchar y contar cada una de las anécdotas vividas, de hacerte sentir arropado.


Con Norreport como lugar de encuentro, y la bici funcionando como quinta extremidad van pasando mis días en Copenhague, enamorándome de cada llanura cargada de verde que tiene esta ciudad. Y viene la guinda del pastel. Una familia danesa, tres hijos, zapatos en la puerta. Una familia que veranea en Menorca y escucha por gusto jazz latino y salsa. Una familia que me tiende la mano y no me la suelta hasta hoy, demostrándome lo bonitos son los daneses. Una familia que marca el principio de una larga lista de personas enamoradas de mi cultura, de mi lengua, de mi país; de ese que yo he venido huyendo.


Alemanes, suizos, daneses y españoles conforman mi rutina en este país. Gente con historia propia. Gente bonita. Copenhague es una ciudad repleta de nacionalidades, de culturas, y a día de hoy aporto la mía con placer.


Han hecho falta 2.488 kilómetros para darme cuenta de lo maravillosa que es nuestra gente, seguiré enamorándome cada día de Copenhague, sin olvidarme nunca de mi querido Madrid.


Ésta, hoy, es mi historia. Mañana espero escribir la vuestra, para seguir teniendo un cachito de nuestra España en este verde Dinamarca.


Velkommen!


Lola.

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